El canciller Jorge Taiana declaró en el juicio contra represores de la Unidad 9. Contó detales sobre su encierro durante la última dictadura. Dijo que estuvo alojado en uno de los “pabellones de la muerte”, narró la ejecución de cuatro de sus compañeros y mencionó a los represores “más activos” en los tormentos.
A veinte días de cumplir sesenta años, el titular del Ministerio de Relaciones Exteriores, Jorge Enrique Taiana, habló por primera vez ante la Justicia argentina acerca de su experiencia como detenido durante la última dictadura militar. Enfundado en un traje negro, dando pasos lentos pero seguros, el canciller se dirigió a la silla ubicada en el centro del escenario del auditorio de la ex AMIA y se sentó frente a los jueces que componen el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata para dar testimonio en el juicio contra catorce agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense, acusados de delitos de lesa humanidad cometidos en la Unidad penal No 9. Allí relató su paso por uno de los “pabellones de la muerte”, mencionó los nombres de los oficiales “más activos” en los castigos y contó cómo él y sus compañeros se fueron dando cuenta de que un “traslado” podía ser sinónimo de “asesinato”.
“En la Unidad 9 vi de todo y fui testigo de violaciones serias a los derechos humanos y atentados al derecho a la vida”, dijo el canciller antes de entrar a la sala.
Taiana llegó a la U9 el 26 de octubre de 1976 desde el penal de Villa Devoto. Había sido detenido en 1975 y en total pasó siete años en prisión.
Frente a los jueces, con las piernas cruzadas y las manos sobre el abdomen, aseguró haber sufrido maltratos por parte de los agentes que cumplían tareas en ese centro de detención y recordó los nombres de los oficiales “más activos” en los castigos: “(Jorge Luis) Peratta era un hombre rudo que tenía el rol del hombre malo que pegaba. Otro era (Raúl Aníbal) Rebaynera, que también hacía mérito de su vocación y provocaba. También estaba (Ramón) Fernández, ‘El Manchado’”.
Peratta, Rebaynera y Fernández son tres de los catorce imputados en esta causa. Los otros penitenciarios que están siendo juzgados por el tribunal que preside Carlos Rozanski son el ex director de la Unidad 9 Abel Dupuy, el ex subjefe Isabelino Vega, los ex agentes Elvio Cosso y Valentín Romero y los penitenciarios Víctor Ríos, Catalino Morel, Segundo Andrés Basualdo y Héctor “El Oso” Acuña, además de los médicos Carlos Domingo Jurio, Enrique Leandro Corsi y Luis Domingo Favole, quienes están acusados por no haber evitado las torturas seguidas de muerte de Alberto Pinto.
Con tono calmo, Taiana hizo referencia a la violenta requisa del 13 de diciembre de 1977, fecha en que Dupuy asumió al mando de la Unidad 9. El canciller recordó que ahí se produjo “un importante cambio en el funcionamiento del régimen” al que definió como la “incorporación del penal al conjunto de la estrategia represiva que se llevó adelante en el país”. Detalló que ese día había un clima enrarecido. “De repente los guardias empezaron a abrir las puertas y nos obligaron a salir a toda velocidad y con la vista fija en el piso. Se oían los gritos, ruidos y golpes de los otros pabellones.” Cuando llegaron al salón de actos, tuvieron que desnudarse y luego fueron revisados y golpeados. Taiana recordó que cuando regresó a su celda estaba todo revuelto y le faltaban algunas de sus pertenencias. Luego, los presos fueron clasificados según su grado de inserción social.
“Yo era un irrecuperable”, afirmó. Explicó que por ese motivo fue alojado en el pabellón uno, “que pocas semanas más tarde se conoció como uno de los pabellones de la muerte”. Hoy se sabe que allí eran alojados los militantes de Montoneros, mientras que al dos iban los integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo. “Ahí éramos catorce personas de las cuales mataron a cuatro”, afirmó.
Taiana se refirió a los asesinatos de Dardo Cabo y Rufino Pirles, que fueron sacados del penal con la excusa de que serían trasladados y al día siguiente aparecieron asesinados en un supuesto intento de fuga. “Sabíamos que había detenidos no reconocidos, pero no sabíamos qué les pasaba. Nadie pensaba en el exterminio, sino en condiciones extremas de detención. No se unía ‘traslado’ a ejecución’. Se fueron sin resistencia. Después fuimos reconstruyendo lo que pasó”, aseguró. Así, relató cómo, a partir de ese hecho, los presos empezaron a tomar conciencia de lo que podía pasarles. “Nos dimos cuenta de que estábamos ante una estrategia de ejecución extrajudicial y en peligro, que esto no era un caso aislado y que seguramente se iba a repetir.”
No se equivocaban. Tres semanas más tarde fueron a buscar a Julio César Urien y Angel Giorgiadis. Urien logró salvar su vida gracias a la influencia de su familia. “Entonces se llevaron a Horacio Rapaport, que era un preso bastante representativo”, contó Taiana. “La sensación que tuvimos es que lo perdimos por horas porque los familiares habían hecho mucho afuera y a las pocas horas llegó la misión de la Cruz Roja”, que recordó como “la primera denuncia que pudimos hacer ante alguien en esa situación. Ahí sentimos que habíamos logrado romper cierto grado de aislamiento”.
De todos modos, por esos días corría el rumor de que habría nuevos fusilamientos. “Se decía que los próximos serían Villanueva, Jozami y yo.” El ministro relató que pidió una entrevista con el director del penal Dupuy: “Le señalé que lo que estaba pasando era una cosa muy seria y que en algún momento alguien lo iba a revisar”. El director le contestó: “¿Usted se cree, Taiana, que a mí me saca un preso cualquier teniencito? No, las órdenes son de arriba y yo tengo toda la documentación”.
Sobre este tema volvió el defensor de Dupuy, Roberto Citerio, quien le preguntó al canciller si creía que su defendido podía oponerse a esa orden militar. “Yo creo que sí”, afirmó Taiana y explicó que “la responsabilidad por la seguridad de las personas en un penal son de las autoridades del penal. Primero, era dudosa la legalidad del traslado en general. Segundo, luego del primer caso se sabía que era una orden que no se debía cumplir”.
La declaración de Taiana duro más de una hora. Al salir del edificio de la ex AMIA de La Plata, en el mismo tono calmo con que llegó, el canciller dijo a la prensa: “Me emocioné mucho. Son muchos recuerdos, mucha gente, sobre todo los que fueron ejecutados, que eran amigos. Yo todavía vivo el dolor de no tenerlos. Pero creo que es un deber colaborar con el juicio. Tiene que ver con mis responsabilidades en relación con los derechos humanos y con la Justicia, que son dos valores fundamentales que reclama la sociedad argentina. Como gobierno y como persona, para mí era una obligación”.
jueves, 13 de mayo de 2010
miércoles, 21 de abril de 2010
Celebrar la muerte como un partido de fútbol

Me impactó la tapa del diario Crónica de hoy. A primera vista aparecen dos grandes números amarillos al mejor estilo superclásico de domingo que dan como resultado “1-0”. Más arriba se lee “Policía mató a delincuente”. En la bajada, “El ladrón intentaba escapar con el auto, que le robó a dos mujeres indefensas (...) Un sargento de la comisaría 4ª terminó con su fuga a balazos".
La comparación de una muerte con un partido de fútbol es un ejemplo claro de la banalización que muchas veces produce un amplio sector del periodismo. El hombre que terminó muerto es referido como “delincuente”, mientras que una de las “mujeres indefensas” que declaró por haber sufrido la sustracción de su Chévrolet Meriva es funcionaria de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos, dependiente del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, según consignó ayer la agencia Télam.
Las imágenes de las cámaras de seguridad, que TN reprodujo hasta el hartazgo, muestran con claridad cómo el ladrón se apropia del auto y huye, y despejan cualquier duda sobre la ilegalidad del hecho. Pero para quienes creemos que al delito se lo combate, entre otras cosas, con justicia, celebrar la muerte como un partido de fútbol nos indigna. Y porque quienes además nos dedicamos a la comunicación sabemos que esos discursos reflejan intereses de determinados grupos que buscan instalar ciertos temas. Una vez creado el clima, proponen este tipo de “soluciones” para el problema de la delincuencia, presentándolas como la única alternativa para hechos tan salvajes que alteran “el orden público”, la “paz social”.
Se sabe que Crónica es un diario muy leído y si se permite salir a la calle con esta tapa es porque hay un público que está esperando encontrarse con las letras amarillas que piden mano dura para los que delinquen.
Esta analogía entre el color de las letras del título y el tipo de información que este diario propaga, es un ejemplo más de que los medios ya no ocultan nada. U ocultan cada vez menos. Y ese triunfo se lo debemos, en gran parte, al estruendoso debate por la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, aún cuando todavía no se ha puesto en funcionamiento.
Desde entonces mucha gente quiso saber quiénes son los dueños de las empresas y cómo se compone el mapa de medios. Empezó a prestarle atención a los títulos, se esforzó por interpretar las editoriales, analizar las fotos, comparar la información que publican, ver cómo construyen sus verdades, observar los énfasis y las omisiones de cada uno.
Hoy que sabemos cómo funcionan las grandes empresas mediáticas debemos suponer que sólo unos pocos despistados compran Crónica sin estar de acuerdo con su discurso ideológico. Siendo éste un diario de amplia llegada, corrijo: me dolió la tapa de Crónica.
jueves, 15 de abril de 2010
Contra la naturalización del fascismo
Convocado a disertar sobre el Fútbol para todos y la ley de Medios, Víctor Hugo Morales aprovechó el auditorio lleno del Teatro Argentino de La Plata para hablar del fascismo. Dijo que “hay personas que son fascistas y no saben que lo son” y dio algunos ejemplos para ilustrar la idea. Empezó por quienes cuestionan que el Futbol para todos, una iniciativa que él entiende como “un proyecto de vida” para millones de personas sin posibilidades de gastar su tarde libre de domingo en otra actividad que les renueve el espíritu, porque aducen que es solventada con fondos de su propio bolsillo. Y expuso la cifra que resulta de los seiscientos millones anuales que invierte el Gobierno en este programa, dividido la cantidad de grandes y pequeños contribuyentes, concluyendo que quienes se quejan de que sus aportes tienen ese destino pagan, en promedio, seis pesos por mes para que el fútbol llegue en forma gratuita a veintitrés millones de personas.
Si bien es cuestionable la ponderación del ritual de ver fútbol los domingos al nivel de un proyecto de vida –al menos deseable-, la afirmación remite a esta otra, que mucha gente que cree no ser fascista suele decir con frecuencia: “Exijo seguridad porque pago mis impuestos”. Como si al pagar los impuestos, más que una inversión al Estado para que nos siga prestando servicios, hiciéramos la compra de ese rincón tranquilo del mundo donde Benedetti prefería no quedarse.
Siguiendo con los ejemplos de Víctor Hugo, el periodista se refirió a quienes dicen no ser fascistas y estar a favor de la vida, motivo por el cual se oponen a la legalización del aborto sin tener en cuenta que esta práctica realizada en las carnicerías de la clandestinidad es la principal causa de muerte de las mujeres en Argentina. Y como si eso fuera poco, estos que se dicen a favor de la vida son los mismos que piden mano dura o pena de muerte, en el peor de los casos, para combatir la delincuencia.
Después evocó un caso en boga: “Yo no soy fascista, pero el ADN a los hijos de Herrera de Noble, noooo…. –siguió Víctor Hugo, poeniendo voz de señora- Porque los chicos ya son grandes y tienen derecho a decidir sobre su vida”. Y contrapuso a esa frase, tan escuchada por estos días, que matar a una madre para quitarle a su hijo es uno de los crímenes más horrendos.
Rescatar estos ejemplos dados por Víctor Hugo sirve para alertar sobre esos discursos que circulan en nuestros ámbitos más cotidianos, de trabajo, en el mercado, en los medios, en la calle, incluso entre gente que apreciamos, que se naturalizan, sedimentan y se instalan en el lenguaje y van constituyendo un sistema de ideas dominante que se corresponde con prácticas punitivas que poco contribuyen a una sociedad más justa, más equitativa y con más libertad.
El poeta revolucionario, Roque Dalton, escribió en 1975 un breve texto titulado “Consejo que ya no es necesario en ninguna parte del mundo pero que en El Salvador…”, que bien nos viene leer en la Argentina hoy. Dice: “No olvides nunca/ que los menos fascistas/ de entre los fascistas/ también son/ fascistas”.
Si bien es cuestionable la ponderación del ritual de ver fútbol los domingos al nivel de un proyecto de vida –al menos deseable-, la afirmación remite a esta otra, que mucha gente que cree no ser fascista suele decir con frecuencia: “Exijo seguridad porque pago mis impuestos”. Como si al pagar los impuestos, más que una inversión al Estado para que nos siga prestando servicios, hiciéramos la compra de ese rincón tranquilo del mundo donde Benedetti prefería no quedarse.
Siguiendo con los ejemplos de Víctor Hugo, el periodista se refirió a quienes dicen no ser fascistas y estar a favor de la vida, motivo por el cual se oponen a la legalización del aborto sin tener en cuenta que esta práctica realizada en las carnicerías de la clandestinidad es la principal causa de muerte de las mujeres en Argentina. Y como si eso fuera poco, estos que se dicen a favor de la vida son los mismos que piden mano dura o pena de muerte, en el peor de los casos, para combatir la delincuencia.
Después evocó un caso en boga: “Yo no soy fascista, pero el ADN a los hijos de Herrera de Noble, noooo…. –siguió Víctor Hugo, poeniendo voz de señora- Porque los chicos ya son grandes y tienen derecho a decidir sobre su vida”. Y contrapuso a esa frase, tan escuchada por estos días, que matar a una madre para quitarle a su hijo es uno de los crímenes más horrendos.
Rescatar estos ejemplos dados por Víctor Hugo sirve para alertar sobre esos discursos que circulan en nuestros ámbitos más cotidianos, de trabajo, en el mercado, en los medios, en la calle, incluso entre gente que apreciamos, que se naturalizan, sedimentan y se instalan en el lenguaje y van constituyendo un sistema de ideas dominante que se corresponde con prácticas punitivas que poco contribuyen a una sociedad más justa, más equitativa y con más libertad.
El poeta revolucionario, Roque Dalton, escribió en 1975 un breve texto titulado “Consejo que ya no es necesario en ninguna parte del mundo pero que en El Salvador…”, que bien nos viene leer en la Argentina hoy. Dice: “No olvides nunca/ que los menos fascistas/ de entre los fascistas/ también son/ fascistas”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)